En la adolescencia cualquier sistema adquiere rápidamente
un poder organizador sobre los rasgos de la propia personalidad, confiere
identidad, de ahí que el paso al acto se pueda convertir en eje organizador de
la personalidad. El paso al acto puede contribuir a asentar un sentimiento de
identidad y a aumentar la confianza, pero cuando es repetitivo y se hace en
detrimento de las capacidades de elaboración mental del adolescente, se
convierte en patológico, obstaculizando el desarrollo de una personalidad
adulta. (Massa y Álvarez, 2000)

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