El cuerpo es el primer organizador de la identidad, por
ello los cambios corporales conllevan una nueva imagen de sí mismo que otorga
al cuerpo una identidad sexual y una identidad de género. La identidad sexual
descubre la propia genitalidad y al otro como objeto sexual, y la identidad de
género se inviste de un conjunto de rasgos y características socioculturales
propias de lo masculino y lo femenino, que se denominan roles de género.
La pérdida de este sentimiento de confianza y de seguridad
en sí mismo lleva, según Erikson, a un sentimiento de confusión o de difusión
de la identidad, que es la imposibilidad de desarrollar y alcanzar un «sí mismo»
cohesionado y autoconsciente. (Massa y Álvarez, 2000)

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